Hay una pregunta que puede ser muy interesante hacer al terminar una consulta: «¿Con qué te quedas de todo lo que hemos hablado hoy?»
No hace falta hacerla siempre, ni convertirla en la evaluación de la sesión, simplemente puede ser una forma de parar y comprobar qué le ha llegado realmente a la persona después de 45-60 minutos de conversación.
A veces la respuesta sorprende: «Pues… no sé muy bien.»
Y nuestra primera intención de respuesta puede ser: «¿Cómo que no sabes?»
Si lo hemos explicado todo. Hemos puesto ejemplos. Hemos resuelto dudas. Hemos hablado de aquello que necesitaba saber. Si incluso hemos utilizado herramientas y materiales que puede llevarse a casa…
Quizá ahí esté precisamente la cuestión: saber más no siempre significa poder hacer más. Y, en ocasiones, el problema no es que a nuestro paciente le falte información.
Es que ya tiene demasiada.
El síndrome del nutricionista entusiasmado
Nutri, te apasiona lo que haces, y cuando detectas una oportunidad para ayudar, quieres aprovecharla.
Si estáis hablando de alimentación, aparece la ocasión perfecta para explicar algo sobre proteína.
Y ya que hablamos de proteína, podemos hablar de complementariedad.
Y de planificación.
Y de cómo organizar las compras.
Y de etiquetas.
Y de fibra.
Y de hidratación.
Y de comer fuera de casa.
Y de…
Espera.
¿En qué momento hemos pasado de resolver una duda a intentar meter media carrera de nutrición en una hora?
No suele ocurrir porque queramos demostrar cuánto sabemos (o al menos no conscientemente). Ocurre porque queremos ayudar.
Porque tenemos conocimientos que pueden ser útiles. Porque vemos conexiones que quizá la persona todavía no ve.
Y porque, cuando llevas años estudiando nutrición, hay cosas que para ti parecen sencillas, evidentes o inseparables.
Pero hay algo que conviene recordar: Nosotras no aprendimos nutrición en una tarde.
Pasamos años estudiando, leyendo, haciendo prácticas, asistiendo a formaciones, atendiendo casos y conectando conceptos.
La persona que tenemos delante no.
Y mientras tú estás pensando: «Si entiende esto, entonces podrá entender aquello y, a partir de ahí, será más fácil trabajar esto otro…»
quizá ella está intentando recordar cuál era la primera cosa que tenía que hacer al llegar a casa…
La trampa de confundir información con educación alimentaria
Aquí hay una distinción que merece la pena revisar: Informar no es necesariamente educar.
Podemos proporcionar una cantidad enorme de información y conseguir que la persona salga de la consulta sin saber muy bien qué hacer con ella.
Aprender no consiste únicamente en recibir datos, también implica comprender, relacionar, integrar, experimentar y encontrar una forma de llevar aquello a la propia vida.
Y eso requiere tiempo.
Por eso, quizá una de las preguntas más interesantes que podemos hacernos como profesionales no sea: «¿Qué más debería aprender mi px.?» sino: «¿Qué, de todo esto que le estoy diciendo ,necesita realmente para poder avanzar?»
La paradoja de una buena consulta
Puede parecer contradictorio, pero una consulta llena de contenido no tiene por qué ser una consulta llena de aprendizaje.
A veces ocurre justo lo contrario.
Cuantas más cosas intentamos abordar, más difícil resulta distinguir qué es importante, qué puede esperar y por dónde empezar.
Y aquí aparece una habilidad profesional que no enseñamos tanto como otras: saber qué dejar fuera; y, de la mano, saber seleccionar aquello que tiene sentido para esa persona, en ese momento y en ese contexto.
Puede que hoy necesite entender cómo funciona algo, o tomar una decisión, u observar un patrón, o practicar una habilidad…
O puede que, sencillamente, necesite salir de la consulta con una idea mucho más sencilla de lo que habíamos imaginado.
Por ejemplo:
«Esta semana voy a observar qué ocurre con mis cenas cuando llego a casa cansada.»
Eso puede parecer mucho menos espectacular que una explicación de veinte minutos sobre alimentación, planificación y hambre emocional, pero quizá sea exactamente lo que esa persona necesita.
Porque puede hacerlo.
La importancia de el corto plazo
A veces planteamos la consulta como si al terminar tuviéramos que haber conseguido cubrir todos los temas importantes, como si cada sesión fuera una oportunidad que no podemos desaprovechar.
Pero una consulta no tiene por qué resolverlo todo (ni siquiera tiene que dejarlo todo claro). Podemos pensar en algo mucho más pequeño:
¿Qué necesita esta persona para avanzar durante las próximas dos semanas?
No durante los próximos seis meses. No para cambiar definitivamente su alimentación. No para «hacerlo perfecto».
Durante las próximas dos semanas.
Esta pregunta puede ayudarnos a priorizar, a reducir objetivos y a bajar el ruido. También a dejar espacio para que la persona pueda experimentar, equivocarse, descubrir y volver a consulta con información nueva sobre sí misma.
Nuestro trabajo no debe centrarse en conseguir que salga de cada sesión sabiendo más, tiene que ir más encaminado a conseguir que salga un poco más preparado/a para tomar sus propias decisiones.
Menos contenido. Más integración
Esto no significa que la información no sea importante; por supuesto que lo es.
Necesitamos conocimientos para poder educar, explicar, desmontar mitos, responder preguntas y acompañar procesos.
El problema aparece cuando confundimos cantidad de información con calidad de la intervención. Y aquí las herramientas pueden tener un papel muy interesante y ayudarnos:
- A coger una idea compleja y convertirla en algo visual.
- A transformar una explicación en una reflexión.
- A pasar de una conversación abstracta a un ejemplo concreto.
- A facilitar que una persona observe algo por sí misma.
- A encontrar una pregunta que abra una conversación.
- A convertir un concepto en una pequeña acción.
Una buena herramienta potencia la intervención y el trabajo en consulta, pero antes de utilizar un recurso es necesario preguntarnos: «¿Qué quiero conseguir con esto?»
Y después: «¿Necesito realmente una herramienta para conseguirlo?»
Tampoco se trata de utilizar recursos por utilizar recursos.
Una herramienta tiene sentido cuando responde a una necesidad concreta.
Cuando ayuda a la persona a comprender algo, observarlo, reflexionar, tomar una decisión o ponerlo en práctica. Y también cuando nos ayuda a nosotras a no tener que construir desde cero cada intervención.
No necesita más recursos, sino mejores decisiones
Y aquí hay una paradoja bonita:
Podríamos pensar que tener acceso a cientos de herramientas significa tener que utilizar muchas. Pero ocurre justo lo contrario. Cuantos más recursos tenemos disponibles, más importante se vuelve saber elegir.
- Qué herramienta.
- Para qué persona.
- En qué momento.
- Con qué objetivo.
- Y, sobre todo, para qué no utilizarla.
Ese es también uno de los motivos por los que en NOOLS nos importa tanto que las herramientas no sean simplemente materiales bonitos que puedas descargar.
Queremos que sean recursos que puedas llevar a una consulta real.
Que te ayuden a pensar qué trabajar, cómo abordarlo y cómo facilitar que aquello que ocurre dentro de la consulta pueda continuar fuera de ella.
Y ahí está una de las claves: No se trata de que el paciente se lleve más cosas de la consulta. Se trata de que se lleve algo que pueda hacer suyo.
Volvamos a la pregunta del principio…
<<Entonces, ¿con qué te quedas de todo lo que hemos hablado hoy?>>
Cuando hemos utilizado un recurso que le ha permitido pensar, identificar, relacionar o poner en práctica lo que estábamos hablando, aparece una respuesta mucho más concreta que la inicial:
«Me he dado cuenta de que…»
«Ahora entiendo que…»
«Voy a probar…»
Y ahí está la diferencia.
No necesitamos que nuestro paciente recuerde todo lo que hemos explicado. Necesitamos que algo de lo trabajado pueda convertirse en algo que comprenda, haga suyo y que pueda implementar en su vida, de verdad.
Un fuerte abrazo,
Equipo NOOLS 💛

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